La denominada Casa Alta, ubicada en la esquina de avenida San Martín y Necochea, constituye un destacado reflejo de los cambios vividos en la capital y la provincia tras el terremoto del 20 de marzo de 1861. El inmueble integra el Patrimonio de la Ciudad de Mendoza por Ordenanza N.º 3037/91.
El sismo de ese momento destruyó gran parte del departamento preexistente y dio lugar a un nuevo modelo urbano, materializado en la denominada Nueva Ciudad, proyectada en terrenos de la Hacienda de San Nicolás. El nuevo trazado incorporó calles más amplias y cinco plazas: una central, actual plaza Independencia, y cuatro equidistantes, San Martín, España, Italia y Chile. Este diseño respondió tanto a criterios urbanísticos como a la necesidad de disponer de espacios abiertos en una comuna sísmica.
En este proceso tuvo particular participación Carlos González Pinto, gobernador de Mendoza entre 1863 y 1866. Su gestión coincidió con una etapa decisiva de reconstrucción y modernización provincial.
Carlos González Pinto y la vitivinicultura
Nació el 18 de febrero de 1830 y desarrolló actividades vinculadas con la agricultura, la ganadería, la vitivinicultura, las finanzas y la política. Junto con su hermano Daniel creó el Banco González y Cía.
La trayectoria familiar estuvo estrechamente vinculada con la vitivinicultura. En 1825, Benito González, padre de Carlos, adquirió un fundo en Panquehua, donde posteriormente se incorporó el cultivo de vid y la elaboración de vinos. Mientras que en 1856, se construyó allí el primer edificio destinado específicamente a la producción vitivinícola.
Carlos González Pintos continuó la actividad e incorporó posteriormente el cultivo de Malbec y, en 1896, construyó un segundo cuerpo de bodega. Su hijo, Carlos González Videla, amplió y modernizó las instalaciones.
La continuidad de esta empresa familiar constituye un importante testimonio del desarrollo de la vitivinicultura mendocina durante los siglos XIX y XX.
Construcción y características de la Casa Alta
La tradición familiar sostiene que la experiencia de González Pinto durante el terremoto de 1861, donde perdió a miembros de su familia, influyó en su preocupación por la seguridad constructiva.
La Casa Alta fue construida entre 1889 y 1892, aproximadamente treinta años después del cataclismo, en la esquina de San Martín y Necochea. Fue considerada la primera residencia urbana de dos plantas y resultó una experiencia significativa de arquitectura privada vinculada con criterios contra temblores.
La vivienda fue inaugurada el 12 de diciembre de 1892, con motivo del matrimonio de Carmen González Videla, hija de González Pinto, con Federico Palacios.
Uno de sus principales valores reside en su sistema constructivo. Los muros fueron realizados con ladrillos seleccionados y reforzados mediante vigas de hierro de perfil doble T, una solución innovadora para la época y vinculada con la búsqueda de mayor estabilidad frente a los sismos.
La incorporación de dos niveles significó, además, una ruptura con la escala predominante de la Mendoza de entonces, caracterizada por viviendas bajas. El edificio incorporó elementos de inspiración francesa, entre ellos la puerta principal de cedro, con las iniciales de la familia grabadas allí, y la escalinata de mármol de carrara.
Originalmente, poseía interiores decorados con frescos y techos ornamentados que desaparecieron con los años. Las modificaciones posteriores alteraron parcialmente su imagen exterior. La prohibición provincial de construir cornisas altas, establecida como medida preventiva frente a los sismos, provocó la desaparición de la balaustrada superior.
Urbano Barbier
El proyecto y la construcción estuvieron a cargo del arquitecto Urbano Barbier, profesional de origen belga radicado en Mendoza, cuya trayectoria se desarrolló principalmente durante el período de reconstrucción posterior al terremoto.
Su formación europea, vinculada con el academicismo, el clasicismo y el eclecticismo, se adaptó a las condiciones de una ciudad sísmica. También se desempeñó como ingeniero municipal de la Ciudad de Mendoza e intervino en cuestiones relacionadas con el crecimiento urbano.
Entre las obras vinculadas con su trayectoria se encuentran la primera Casa de Gobierno, la Escuela Normal de Maestros, el proyecto de la Iglesia Matriz, la Basílica de San Francisco y el Templo y convento de los Jesuitas, entre otras destacadas construcciones de su autoría.
Barbier murió en Mendoza el 3 de agosto de 1897 y sus restos descansan actualmente en el Panteón de los Notables del Cementerio de la Ciudad.
La Casa Alta en la vida urbana de Mendoza
La construcción de la Casa Alta coincidió con una etapa de crecimiento económico y urbanización, caracterizada por la expansión de la vitivinicultura, el desarrollo comercial y la llegada de inmigrantes. Su ubicación sobre la avenida San Martín adquirió especial importancia debido a la consolidación de esta arteria como uno de los principales ejes comerciales y sociales de la Ciudad.
Con el tiempo, el inmueble dejó de ser exclusivamente residencial. La planta alta fue ocupada por la Suprema Corte de Justicia y, posteriormente, por el Anexo Colón, pequeño hotel vinculado con la confitería del mismo nombre.
Entre sus huéspedes destacados podemos recordar a Carlos Gardel, quien se hospedó allí en noviembre de 1917 junto con José Razzano y José Ricardo durante su visita a Mendoza. También, estuvieron vinculados al establecimiento figuras de renombre como Bartolomé Mitre, Juan B. Justo y Alfredo Palacios.
La redacción de El Debate
Otro período significativo estuvo relacionado con el funcionamiento de la redacción del diario El Debate, fundado el 1 de marzo de 1890. El inmueble se convirtió así en un espacio de actividad periodística, intelectual y cultural. Allí, se vincularon escritores, periodistas, educadores y dirigentes de la vida pública mendocina.
El periódico funcionó hasta 1914, consolidando el papel de la Casa Alta como espacio de producción y circulación de ideas.
La Confitería Colón
A comienzos del siglo XX, el inmueble adquirió una nueva función vinculada con la creciente actividad comercial y social de la avenida San Martín. Allí funcionó inicialmente el Café del Progreso y posteriormente la Confitería Colón, cuyo primer propietario fue Pedro Soler.
La confitería se convirtió en uno de los principales lugares de encuentro del centro mendocino. Sus salones resultaron escenario de reuniones, conversaciones, intercambio de noticias y discusiones políticas.
Uno de sus elementos distintivos fue la incorporación del cinematógrafo, integrando las primeras funciones de cine mudo a la actividad cotidiana. La esquina también quedó vinculada con la modernización del transporte: en 1912 comenzaron a circular por allí los tranvías eléctricos con una línea que transcurría por San Martín y Necochea.
Durante décadas, la Confitería Colón mantuvo una importante presencia en la vida social mendocina y sus mesas funcionaron como espacios de debate sobre acontecimientos locales, nacionales e internacionales.
Cierre y transformaciones posteriores
A partir de las décadas de 1950 y 1960, la concurrencia comenzó a disminuir debido a los cambios en los hábitos urbanos, la expansión de la radio, la masificación del cine y las nuevas formas de entretenimiento. Finalmente, en 1968, la Confitería Colón cerró sus puertas después de casi seis décadas de actividad.
Posteriormente, el inmueble continuó adaptándose a nuevos usos. Durante la década de 1990 funcionó como galería de arte; luego fue ocupado por distintos comercios, hasta la actualidad por una casa de deportes. Estas transformaciones reflejan los cambios económicos y comerciales experimentados por la ciudad.
Valor histórico y patrimonial
La importancia patrimonial de la Casa Alta se fundamenta en la convergencia de valores históricos, arquitectónicos, urbanos, sociales y culturales.
Desde el punto de vista histórico, se vincula con la generación que protagonizó la reconstrucción de Mendoza después del terremoto de 1861 y con la figura de Carlos González Pinto. Arquitectónicamente, constituye una experiencia temprana de construcción en altura y de incorporación de mampostería reforzada con hierro como respuesta a las condiciones sísmicas del territorio. Además, su ubicación sobre la avenida San Martín la relaciona directamente con la transformación de este eje en corredor comercial y social de la Ciudad.
A lo largo de su historia, el inmueble fue residencia familiar, hotel, sede periodística, espacio cultural, confitería, sala de cinematógrafo y establecimiento comercial, constituyendo un testimonio material de la evolución urbana y social de la Ciudad de Mendoza y la provincia.













